Desde hace cosa de un mes, he estado soñando con animales muertos. Comenzó con gatos muy pequeños, del tamaño de un pulgar, que siempre encontraba flotando hinchados en un recipiente de plástico lleno de agua. Despúes empezaba algo antes; conmigo entrando a una casa destartalada y precipitándome por pasillos y escaleras, buscando desesperadamente la habitación donde, al final, acababa por encontrar a mis minúsculos gatos ahogados -los hocicos rosados apuntando al techo- apenas un minuto demasiado tarde. Ultimamente, en mi sueño, conducía aterrada y a toda velocidad por una carretera que se me antojaba interminable en dirección a la misma vieja casa en la que, invariablemente, me esperaban las mismas pequeñas panzas anormalmente abultadas, el mismo pelo empapado, la misma sensación de que algo hice terriblemente mal.
Los sueños son algo curioso. Yo sé que un sentimiento de culpabilidad mal digerido puede dar lugar a las ficciones nocturnas más desagradables, así que no es algo que me preocupe demasiado. Pero no es esa la cuestión.
Desde hace un par de noches sueño verme desde lejos, como a una extraña, meciéndome en el columpio de un parque desierto. El aire me revuelve el pelo, no llevo zapatos y casi puedo notar el césped húmedo en los pies al tomar impulso; cada vez más fuerte, cada vez más alto. Miro a las estrellas acercarse y alejarse a medida que el columpio sube y baja, y me siento más libre y feliz de lo que recuerdo haberme sentido jamás. Transcurridos unos minutos, me levanto. Me calzo, me peino un poco con las manos y salgo cruzando la verja del parque hasta llegar a mi coche. Me siento dentro de él, miro el reloj, reclino la cabeza en el respaldo y respiro aliviada. Ajusto los espejos, me pongo el cinturón de seguridad y pongo el coche en marcha con una gran sonrisa porque siento -porque sé- que los gatitos ya deben estar muertos. Y, aún así, retiro la llave del contacto, bajo la ventanilla y enciendo un cigarro. Por si acaso.
El aire que ocupa tu hueco en la cama El tiritar de un perro callejero, flaco, triste y calado hasta los huesos, que me miró pasar de largo aquel día en que pareció que jamás dejaría de llover El llanto de mi madre, sentada en unas escaleras de mármol verde intenso, una sobremesa de hace al menos diez años. El raso de mis zapatillas de puntas pudriéndose en una caja en la buhardilla de mi antigua casa Las camisas de cuadros del compañero de instituto al que no me acerqué a saludar unos meses antes de que muriera Las cabezas gachas de los mendigos a los que finjo no haber visto Los cardenales por todo el cuerpo de mi amiga de la infancia de los que nunca hablé a nadie Todo lo que he perdido, lo que he estropeado o desperdiciado Cada vez que he sido injusta, cada vez que he sido indiferente, cada una de las veces que he sido cobarde, cruel o mezquina en mi vida Cada cansado intento del corazón de mi abuelo por bombear una sangre cada vez más espesa a un cuerpo cada vez más inútil Eso es lo que me mantiene despierta por la noche.
Nos han dicho tantas veces aquello de "cada cosa en su lugar y un lugar para cada cosa" que nos hemos creido a pies juntillas que la cosa funciona así de verdad. Y, lo que es peor, que así es como debe ser.
A ver si no se nos haría raro encontrar de frente una espécimen de polígono, con sus taconazos verde lima, sus mallas fucsia, sus pendientes de corales y su tinte rubio paja con raíces negras de cuatro cm decir "Cusha, Nazaré, que esta tarde no voy al Carrefú, que estoy to enganchá leyendo el "Ser y tiempo" de Heidegger que me dejó la Jessi". Se lo oyes a Elvis vestido de lagarterana a lomos de una cabra y no te sorprende más.
Y es que hay ciertas cosas en el mundo que no casan demasiado bien, hay cosas que no casan nada bien, y luego están las cosas que con toda seguridad se partirían la cara si se encontraran a la puerta de un karaoke un viernes noche cualquiera. Los heavies y las comedias de Sandra Bullock, los hoolingans y la sobriedad, los aficionados al tuning y los "Pomerania", mi abuela de 74 años y las Harley Davidson o los tunos y la dignidad, por poner algunos ejemplos.
Pero, de vez en cuando, alguien se atreve a sacar los pies del plato. Alguien nos demuestra que otro mundo, con legionarios inteligentes, políticos honrados y "El Consorcio" tocando "Black in Black" de los ACDC es posible (probable no, pero posible al fin y al cabo) con un alarde de valor y cojones más allá del mero cumplimiento del deber.
Y, a lo que iba, sale algo como esto que encontré hoy. Disfrútenlo, porque no pasa todos los días (y menos, como bien dice la tipa invisible, en vaqueros) y la cosa tiene miga.
Spoiler Alert! :Apto para todos los públicos, al final no se pega un tiro.
Esta mañana, una amiga que habia pasado por aquí me recrimaba el hecho de hablar poco de mi misma mismidad. Ya saben, ese tipo de posts en plan "Hoy me he levantado un poco triste, no sé qué me depara la vida ni cuándo acabará esta depresión que comenzó con la muerte de David el Gnomo y se agravó con la llegada del euro. Aún así, trato de ser optimista, olvidar a la peseta y hacer las paces en mi corazón con el juez Klaus", pero en serio.
Yo no tengo ningún problema en contar mi vida. De hecho, cualquiera que me conozca sabrá que se la suelto a primeras de cambio a todo el que esté dispuesto a escuchar. La cosa es que hablar de lo muchísimo que molo en mi interior (que es donde molamos los feos), lo apabullantemente lista, profunda y lo sensible que soy al pie de una foto de mi jeta en blanco y negro, picado y con el pelo tapandome media cara... pues no es algo que me atraiga demasiado, la verdad.
Así que, para darle gusto a mi amiga (va por tí, me debes un café) digamos que pienso, me gusta, temo, siento, veo, detesto, consigo, dudo, valoro, ansío, deploro, pruebo, creo, noto, estimo, desisto, pido, añoro, estoy, cuido, sufro, vivo, sé, apuesto, escondo, presiento, recuerdo, fallo, permito, voy, planeo, tengo, intento, hiero, soy y, sobre todo, sigo. Algo. Lo que sea.
Tengo una pequeña caja de madera que nunca has visto y de la que no te he hablado. Está escondida bajo el ultimo cajón de mi armario y tiene pequeños dibujos de flores azules y blancas que se han ido estropeando, sin llegar a marchitarse, con el tiempo. En ella guardo cosas que me son muy queridas: Una vieja foto en la que, siendo yo un bebé, mi madre me sostiene en sus brazos; la pulsera de cuentas de colores que encontré en la playa en mi mejor verano, un dramático poema que me escribió algún antiguo novio, un peine de concha que perteneció a mi abuelo, un pequeño colgante de jade que compré en Francia; una de las corazas huecas de escarabajos que, de niña, recogía cuando iba al pueblo; la entrada del primer concierto al que fui, el collar de aquel perro mío al que atropelló un coche, un gracioso dibujo que me regaló un niño en la sala de espera de una consulta médica, una pluma de vencejo, y un pequeño cuaderno con tapa de cartón verde gastada en las esquinas en el que, si vas a mirar, encontrarás que he ido anotando, una a una, las cien razones por las que voy a matarte.
De todo hay en la viña del señor. Así, del mismo modo que hay fans del Consorcio, seguidores apasionados del "curling" (ya saben, la mariconadita canadiense del hielo, el piedrote y las escobas) o vegetarianos estrictos, resulta que hay entre nosotros algo llamado "eurofans".
El eurofan (¿nace o se hace?) parece ser aquel que sigue Eurovisión sin el ánimo de choteo y risión del resto. Conoce los pactos territoriales y demás chanchullos y entresijos del concurso, se sabe de memoria las actuaciones de cada país antes de la gala y un mes antes ha hecho sus quinielas con los más probables ganadores.
Además, el eurofan sufre. Este detalle es el que marca la diferencia (Ainhoa diciendo que de todos modos no teníamos posibilidad contra Alemania es eurofan, Jesús pidiéndome que le traiga de Grecia el tanga de la representante Kolonoseké no es eurofan), la rabia malcontenida ante el "lespagne, segó puán" (aquí mi abuela, eurofan, gritaba "¡Franchuta de mierda!"), el vestuario que le dan a los nuestros, que es una mierda comparado con los otros, que salgamos de los primeros, de los últimos o de los de la mitad (sea lo que sea, siempre perdemos por eso) y la manía que nos tienen en europa en general (¿?) son algunas de las claves de la amargura con la que vive el acontecimiento. La elección del candidato a representar la patria ha sido, usualmente, otro quebradero de cabeza para el eurofan medio. Y, este año en particular, aqui está el meollo de la cuestión: el tal Rodolfo Chikilicuatre se ha llevado el gato al agua frente a los grupos que defendían la facción seria de los seguidores del concurso y pasando por encima de la opinión del jurado. La cosa, claro, ha sentado mal de narices. El integrismo eurovisivo se ha movilizado por foros, blogosfera, etc, rasgándose las vestiduras y maldiciendo a los hados porque (nos ha jodido mayo con las flores) "vamos a hacer el ridículo". Una se pasa por www.eurovision-spain.com y puede oir el rechinar de dientes antes de que la página acabe de cargar y tenga la oportunidad de leer perlas como"El triunfo de Rodolfo Chikilicuatre es el triunfo del voto friki. Un frikismo jamás visto ni dentro del mundo eurofan, que muchas veces tiene que soportar que se le acuse de friki solamente por seguir Eurovision" (Ehem...) y gran cantidad de críticas al voto por sms, entre las más suaves: "Tal vez no estemos preparados para ser libres porque no estamos preparados para respetarnos". Para bordarlo en un cojín, lo menos.
De todos modos, la idea más repetida en la mayoría de las quejas que inundan la red, la madre del cordero que parece ser todo este desparrame de hostilidad, se expresa en la frase"¿Así cómo queremos que nos tomen en serio en Europa?. Porque algunos podrían pensar que todo este pitote se había montado por un concurso musical cutre, rancio y hortera, pero en realidad lo que todo Eurofan persigue es el respeto y la alta consideración por parte de la comunidad europea; y ustedes, con su ignorante e irresponsable voto por sms le han jodido la marrana a base de bien a la imagen de España más allá de los pirineos. El futuro que le queda a la patria, para un eurofan, es una imagen parecida a "¿Aumentar la subvención a la agricultura española? ¿Pero tu te acuerdas del mamarracho del tupé que enviaron a eurovisión? ¡Que den gracias porque no les cerramos las fronteras!". Y es que otro gallo le cantaría a la huerta murciana si enviasemos a "Coral".
Aclarado esto, queda saber quién es el guapo que va a ir a decirle al eurofan de turno que el gilipollas lo hacemos siempre, que no hay friki como el que llora cuando Rosa López no gana el concursito de marras, que a nosotros no se nos ha tomado en serio en Europa desde los Austria (y conste que ya nos tenían manía) y que la gente ha votado en parte lo que le han dicho en la tele (menuda sorpresa) y en parte lo que le apetecía: hacer una gracia y practicar el sano ejercicio de reirse de sí misma.
A mí, que eurovisión me importa poco más que los ritos de apareamiento de la mosca verde, no veo el programa de Buenafuente y la canción la escuché una sola vez y tras la votación; me parece una elección cojonuda. No por el tema en sí, que vale, graciosete, pero ni fú ni fá, sino porque, con todo el complejo de inferioridad con respecto a nuestros vecinos del norte que se ha respirado tradicionalmente, es refrescante saber de tanta gente que no sienta que tenga nada que demostrarles.
Y es que, señores eurofans... no estamos tan manipulados; y no somos tan borregos, tan frikis ni tan garrulos. Pero no pueden culparnos por que nos la bufen su europa del Lalalá, Uribarri, los truá puán que nos da Portugal y la madre que los trajo a todos. Nosotros lo único que queremos es echar unas risas inocentes. Ahora, si mientras lo hacemos se ponen por delante, luego no se quejen.
P.D. Tras esto, olvidemos que he escrito un post sobre eurovisión, ¿ok?